TRES MALDITOS CENTÍMETROS:
CANTO A LA VIDA EN EL SIGLO XXI

Carmiña Navia Velasco
  
El poema de María Ángeles Sánchez: Tres malditos centímetros, se instala cómodamente en la tradición poética de los cantos extensos que recrean las hazañas de un héroe. En la tradición clásica los poemas largos exaltan poéticamente la épica y los hechos de algún conquistador, de algún aventurero nacional, desde los cantos homéricos hasta el Cid Campeador. Con Eliot y su Tierra baldía, la modernidad y el siglo XX han situado a estos héroes en los azares y anonimatos de lo cotidiano, rescatando así la grandeza escondida en los días grises.

En su libro, María Ángeles nos entrega alrededor de mil ochocientos veinticuatro versos, en los que recrea el día a día de heroicidades cotidianas en una lucha titánica contra la enfermedad. Indiscutiblemente el cáncer es hoy una de las travesías más difíciles que se abren ante los hombres y mujeres de este:
Las muertes ocasionadas por cáncer a nivel mundial siguen aumentando. Según los especialistas, dentro de aproximadamente dos décadas se reportarán entre seis y diez millones cada año, y en el 2030, ocurrirán alrededor de 11,4 millones de fallecimientos por su causa.
El nombre de esta enfermedad es un término genérico para un grupo de más de 200 enfermedades que pueden afectar cualquier parte del organismo. Es conocida también como neoplasia o tumor maligno.
[Marinela Martín González: El cáncer, la epidemia silenciosa del siglo XXI
Consultado el 9 de Octubre de 2018].

Esta travesía, desde distintos puntos de vista: la salud, el juego social, las crisis internas, la soledad y el acompañamiento, el miedo y la esperanza… es precisamente lo que potentemente la poeta transporta en palabras, a lo largo de estas impactantes y cálidas páginas.

Nos encontramos ante un poema en el que lo épico y lo lírico se entrecruzan insospechadamente logrando conseguir en los lectores y lectoras una gama abierta de emociones, reflexiones, sentimientos y preguntas. Como toda buena poesía, estos textos nos llevan a los límites de la vida y la muerte, de la soledad y el amor. Un texto en el que se nos narra el cotidiano de la protagonista; cotidiano salpicado aquí y allá por reflexiones, rememoraciones, preguntas… En perfecta correspondencia con la materia que acunan las palabras, no nos encontramos ante metros que dicen lo extraordinario y lo grandioso: endecasílabos, alejandrinos… El texto se estructura en versos cortos, en ocasiones una sola palabra sintetiza y remite a la siguiente; versos huérfanos que gritan la verdad desde su soledad y desamparo. Metáforas originales que transmiten la fuerza del acontecer diario, anodino, cotidiano… cargándolo de trascendencia y convocando la emoción.

En este cuaderno de poemas realizamos somos invitados a varios y diferentes recorridos, siempre revisitados.
En primer lugar por la enfermedad misma:
El espejo me devuelve mi imagen:
una cabeza rapada
unos ojos sin cejas
una expresión algo ausente


Ingerir
Digerir

En eso
tan prosaico y banal
tan necesario
se concentran mis horas.

Esa enfermedad que carcome:
Ni rastro
de energía.

Recorrido que no es sólo descriptivo o anecdótico, que por el contrario conlleva unas cuantas preguntas definitivas aunque no metafísicas:
Convertir la muerte en una obra de arte
o, al menos, intentarlo

Me reconforta comprobar
cuando ronda el fantasma
que la teoría largamente acariciada
tiene mucho que ver con la práctica.

Porque a todo lo largo del camino, el desarrollo del canto es una confrontación con el YO íntimo: Es a mí, exactamente a mí a quien le está pasando o: Mi páncreas y yo, nos hemos convertido en aliados.

Desde ese Yo, el universo convocado se ensancha y quiere traer a la página a esa “tribu oncológica” de la que la poeta se siente parte:
El universo oncológico
está lleno
de historias de éxito
de vidas ejemplares
de hombres y mujeres
que con su lucha
-porque de una lucha se trata-
han logrado desterrar el mal…

Hay una reivindicación de los derechos de esa tribu, una solidaridad cómplice que lleva a la voz lírica a rechazar las metáforas sociales que asocian el cáncer con el mal social o político (se queja de la identidad de la enfermedad con la corrupción: ¿Por qué no dejan  en paz el cáncer y a quienes lo padecemos?), esta actitud evoca los sentimientos transmitidos por Susan Sontang en su propia experiencia:
… lo que más me enfurecía era ver hasta qué punto la propia reputación de la enfermedad aumentaba el sufrimiento de quienes la padecían. Muchos de mis compañeros de enfermedad con quienes tuve ocasión de hablar durante mis primeras hospitalizaciones, y otros que conocí como paciente externa durante los dos años y medio siguientes de quimioterapia en varios hospitales de Estados Unidos y Francia, mostraban su disgusto por la enfermedad, sentían una suerte de vergüenza. Parecían estar dominados por ciertas fantasías sobre su enfermedad, que para mí nada tenían de seductoras… [Susan Sotang: La enfermedad y sus metáforas. Ed. Suma de letras 2003 – Pág. 135]

Para la protagonista de este relato -en los límites de lo lírico/épico- la interrelación con unos y con otras va aumentado su dimensión, llenando las páginas de nombres, de evocaciones, de amores y abandonos, de silencios:
Trenes
aviones
atascos matinales en la M-30

Abrazos cálidos
ojos llenos de lágrimas
en medio de un “te quiero”

Las tardes de quimioterapia convertidas por la amistad en un encuentro. Pero también: La soledad ¿cómo definirla? o: Hay silencios que resuenan como estruendos.

Y sobre todo:

Hay relaciones a prueba de bombas y tumores
otras de quiero y no puedo
otras, al fin, pura filfa
vanidad de vanidades

Algunas cuajan en la dificultad
mientras unas cuantas ponen
pies en polvorosa.

La enfermedad es el crisol del miedo.

Con estos versos se abre el canto, situándonos desde el mismo comienzo en la importancia que para la poeta han tenido a lo largo de su viaje las manos que acompañan o abandonan, los abrazos que se han dado o guardado, en últimas la compañía del amor:
          ¿Está acompañada?
Es la primera
y casi única
pregunta
ante la enfermedad

Con la fuerza poética que caracteriza este trabajo, se afirma y se convoca lo que en otros lenguajes plantea muy acertadamente Jean Shinoda Bolen:
Si la adversidad reviste la forma de una enfermedad mortal, y el riesgo es la muerte y/o la pérdida de sentido, una relación de tú a tú supone una tabla de salvación y una conexión espiritual. Esto ocurre así sobre todo cuando el reto es a largo plazo: pelear, mes tras mes, para seguir vivos o recuperar la salud. Para resistir, cualquiera que padezca una enfermedad duradera necesita el apoyo espiritual de los demás. [Jean Shinoda Bolen: El sentido de la enfermedad, Barcelona 2006, Pág. 129].


En el poema el acompañamiento tiene múltiples rostros: Amigas y amigos, familia… pero también se explicitan esas presencias espirituales que refuerzan el diario vivir:
          Velas, luces, plegarias, deseos, rezos, energías,
            buenas vibraciones…
                       
El magma vivificador y multiforme
(¿la comunión de los santos
del catecismo infantil?)
entra en vena
y va directamente
a su destino.


Y uno de los aspectos más importantes, a mi juicio: La autorreflexión sobre su propia escritura. La palabra que ausculta la palabra. A lo largo de todo el camino esta mirada vuelve:
          No he podido escribir
ni una línea
en cinco meses

Pero ahora
las palabras se agolpan
en la punta
afilada de mi lápiz

(Esa punta afilada que es precisamente la que logra penetrar estéticamente una realidad de dolor y cotidianeidad).

            ¿Renaceré
como tantas veces
desde la escritura?

Escribir es una forma
de sacarlo fuera
cierto
pero también una manera
de  meterlo cada vez más
hacia adentro.
         

Este canto (autentica espiritualidad de la resistencia) nos entrega en su conjunto una epopeya del siglo XXI, la protagonista a la manera de “un Ulises actual” se mueve a lo largo de unos meses en un profundo laberinto existencial en el que encuentra retos, tentaciones, compañeros de viaje, horizontes e Ítacas. Tres malditos centímetros*  es un regalo para todos aquellos y aquellas que -desde la salud o desde la enfermedad- quieran tomar su vida en serio y realizar su travesía en profundidad.


* María Ángeles Sánchez:
  Tres Malditos Centímetros
  Editorial Círculo Rojo, España 2018


         LAURA RETREPO Y SUS MIRADAS AL MAL                                                

La escritura de Laura Restrepo está siempre habitada por evocaciones, connotaciones, intertextualidades. En su nueva obra nos obliga a pasearnos por el Bosco y el Greco, por Cervantes, Shakespeare y Proust, por los llamados Padres de la Iglesia… porque desde todos esos lados son iluminados los fantasmas que arrojan luz sobre una escritura poblada de imágenes, de sentidos, de premoniciones… de reflexiones en profundidad. Todo este paseo tiene sin embargo un anclaje claro y definitivo: el cuadro El Jardín de las delicias, oleo de Hieronymus Bosch, el Bosco. Un hilo discursivo lo podemos encontrar en ese diálogo permanente con el profundo simbolismo que habita esta pintura. Es como si los relatos que constituyen el nuevo libro de Restrepo quisieran encontrar su lugar precisamente en ese universo extraño y misterioso que es la pintura.

Por ello la obra se abre precisamente con un proemio que es una divagación sobre este tríptico, titulada: Peccata Mundi,  en la que antes que nada se nos dan retazos y pinceladas de esta obra pictórica. Se nos remite a uno de sus dueños: el rey español Felipe II, reconocido en mucho ámbitos por sus afanes inquisitoriales inmisericordes y sus persecuciones a enemigos y hasta a amigos de ayer. El jardín de las delicias o placeres, habla en su tejido del pecado del mundo al que el proemio nos introducirá. En una fusión permanente nos vamos a encontrar entonces con los límites entre el mal y la bondad, límites imprecisos que  a veces se oscurecen y en ocasiones se fulguran. Cómo si en el fondo de esta escritura se ahogara una pregunta por los juicios morales más evidentes en nuestra sociedad. Estos límites imprecisos son una de las obsesiones de la autora a lo largo de toda su obra. Muchos de sus personajes destellan ternura o acogida en medio de sus atrocidades y otros dejan ver ambigüedades y sentimientos negativos en medio de su aparente corrección.

Irina la joven estudiosa del fresco, enlaza este proemio con el primer relato: Las Susanas en su paraíso. A partir de aquí entramos en un mundo más cotidiano, más prosaico, en el cual de repente irrumpe una fuerza inesperada que aunque haya sido anticipada narrativamente, descoloca las cosas y nos deja en el borde de abismos diferentes.

Las Susanas viven en su Jardín de las delicias, rodeadas de servidores, aisladas de su alrededor en el cual fuerzas paramilitares y oscuras, hacen desastres y matanzas que no las tocan. A san Tarsicio, el poblado de negros, que alberga las vacaciones de estas tres mujeres ricas y blancas, se llega atravesando Los Montes de María, región tristemente conocida del nor-este colombiano. Sobre la región podríamos decir muchas cosas, pero sinteticémosla en una: La violencia que dejó 56 masacres, cientos de miles de desplazados, ruina económica y una gran tristeza entre los cultos y luchadores campesinos de esta región entre Sucre y Bolívar tiene raíces hondas…  
[¿Cómo se fraguó la tragedia de los montes de María?:

En el límite inmediato de la hacienda de las Susanas, se ubican los habitantes del pueblo, que despliegan ante ellas todas sus ventas y rebusques para aumentar con sus visitas los escasos ingresos. Dos mundos que aunque no se mezclan se miran mucho, la mirada de unos se posa sobre la piel de las otras, la mirada de ellas penetra sus quehaceres, sus cuerpos y sus bailes. La champeta se proyecta sobre la narración con su ritmo y su ondulación de caderas y músculos. En un momento, esas miradas rompen las barreras y el mundo de los negros irrumpe transgresivamente en el universo de las mujeres blancas. El Nenito atrae a Diana y desde la primera mirada de este reencuentro, que se nos narra en detalle, el desenlace está anunciado. Cuando se consume el deseo y el paraíso se agiganta, sobreviene el caos que a manera  de juicio final arrasa con cualquier señal de vida en esa hacienda que se queda vacía, esperando un regreso que no culmina. ¿Finalmente el verdadero mal ha tocado el mundo de las Susanas? Es una pregunta que queda flotando en el ambiente, el relato no resuelve todo, diferentes lecturas siempre son posibles.

Con la destrucción de uno de los jardines de las delicias se nos deja en el exilio y frente a frente con la viuda,  un asesino meticuloso, obsesivo y perfeccionista que planifica en detalle cada asesinato y no perdona jamás a sus víctimas desde el  momento en que le son encomendadas. El mal lo encontramos aquí en los términos definidos por Hannah Arendt, en su propuesta sobre la banalidad del mal. Este ejecutor de la muerte, cuando nos relata su vida, sus tareas y hazañas, su rutina… no cae jamás en un cuestionamiento, en una angustia, no conoce la sensación de arrepentimiento. Siente que se distingue entre los otros de su calaña por su exactitud, por su rigurosidad… por lo que denomina su pulcritud y la ausencia de rastros en que se mueve.

Pero por una casualidad del destino, de esas que la tragedia griega maneja tan bien, la tarea focalizada por el relato nos muestra los días en que la viuda se enamora perdidamente de la hija del que ha de ser su víctima. El amor y la pasión, como siempre ocurre, le enredan la vida y entonces él pasa a desvelarse, a seguirla, a averiguar sus días. Todo deja de interesarle menos ella que concentra sus fuerzas y atenciones. En su discurrir la encuentra débil y con necesidad de protección, tentación difícil de superar para un sicario. Su destino se tuerce: ahora está dispuesto a morir, a recibir el castigo por la única acción buena  que ha hecho. El castigo llega por los únicos pasos que no se lo han ganado.

El relato tercero nos enfrenta a un tema eterno de la literatura, del arte, de la psicología: una forma muy especial de Edipo. Forma muy especial porque en realidad ese padre y esa hija lo son sólo en términos biológicos. Ana, la protagonista nos  cuenta varias cosas: en primer lugar su ausencia total de padre, ausencia que se llena con fantasías, con deseos equívocos, con rechazo a la madre o a los tíos… ausencia y vacío que se llena con literatura, con libros, con un juego sexual sin sobresaltos ni secretos. El amor entre el padre y la hija viene dado en el relato en forma natural, sin sorpresas ni preguntas… La narración no se detiene en las conciencias, sólo en el acontecer que se resbala sin problemas cada noche en la cama. El abrazo de Perucho y su hija tiene lugar en una estancia en la que de nuevo el Jardín del Bosco preside.

Pero aunque la conciencia no se dice, ese encuentro de cuerpos termina siendo una alta dosis de rencor acumulado que se manifiesta en la violencia con que el padre se da en su cabeza contra la pared o los barrotes de la pieza-testigo y en el repudio final por parte de la joven. No tenemos acceso a los pensamientos de Perucho, sólo a sus arrebatos… todo lo vemos con los ojos de la hija a la que en un momento le llega a ser insostenible su pecado o más bien el pecado del padre. Ella rechaza (repudia en términos shakesperianos) a su padre… Y curiosamente recurre a su  madre como a su salvadora. El abordaje de este tema es valiente y de frente, y al mirar la pareja paseándose por los campus de la Universidad norteamericana los lectores nos preguntamos dónde radicó el mal: ¿en el enamoramiento de la hija o una vez nuevamente en el abandono del padre? Ese grito de angustia:
Hubiera querido abrazar a mi padre pero no ahí, no así. Hubiera querido quererlo de otra manera, darle vuelta a la naturaleza de mi amor, expulsarlos bichos negros de la charca, exterminar la ponzoña de gusanos. Limpiarlo todo y dormir en paz…
nos habla de una conciencia con deseos de estar limpia… Pero ese No-Padre se hace sombra obsesiva, se convierte en síntoma en términos psicoanalíticos.

Y es esa ausencia radical del padre la que vuelve a jugar en, Lindo y malo ese muñeco. Otra forma de Edipo en unas formaciones sociales en las que el padre no sabe ni desea estar presente. Arcángel debe asumir las funciones del padre, del marido, del jefe y proveedor del hogar… ante una madre demasiado ocupada en la sobrevivencia como para preocuparse de por cuáles caminos va su hijo hasta llegar a casa con el dinero para el pan. En este cuento la autora por medio de un potente juego del lenguaje y la palabra nos acerca a los barrios marginales de ladera, aquellos en los que las nociones tradicionales del bien y del mal se han invertido en ocasiones y se han desvanecido en otras, en medio de una sociedad líquida, según la propuesta de Zygmunt Bauman. Encontramos de nuevo esa banalidad que mata, roba o se divierte tumbando una escalera aunque ello ponga en peligro la vida de un albañil.

El hijo se siente amado por su  madre y reconocido por ella en su función de proveedor y protector en medio de la escasez y del peligro. Eso le basta; con satisfacción del deber cumplido, recibe su pan dulce o su sopa en la noche. Por eso su jardín de las delicias se desmorona y su vida tiene una especie de final y sobre todo de mudez, cuando descubre su desaprobación. Arcángel no se ha planteado jamás el interrogante por la moralidad de lo que hace o lo que deja de hacer: consigue el pan, con eso basta. Se sienta por las tarde a mirar el paisaje en medio de una calma aparente o real… Por ello al constatar la reprobación maternal en la carne de su hermano menor, pierde su norte y la voz narrativa nos deja ad portas de un interrogante. Final abierto como muchos de los de Laura Restrepo.

El relato más extraño de los siete que componen el conjunto, es El Siriaco, también el más directamente religioso. Este loco estilita en sus ardores religiosos nos recuerda al Sleepy Joe de Hot Sur o al ángel caído de Dulce compañía… La diferencia y cercanía o lejanía entre la simple religión y la mística. ¿Qué se esconde detrás de estos efluvios? Todo el ambiente del mundo ficcional es exótico: el universo que rodea al rico y poderoso Nemérodes, el santo Gebrayel que anuncia las desgracias… el niño que conversa con las ranas y con las ovejas. ¿Estamos ante un soberbio en ciernes que no puede hablar con sus semejantes o simplemente ante un “ido” cuya cabeza perdió la llave de regreso? ¿Siriaco está inspirado en Simeón el estilita y sus siguientes émulos o su existencia narrativa es fruto de otras preocupaciones que pueden hallar respuesta en esas columnas del desierto? Es claro que la autora quiso trasladarse al antiguo oriente, en las puertas mismas del desierto y explorar motivaciones y deseos. ¿Es lícito pensar en alguna interpelación a la Siria de hoy?

Aún en medio de lo más puro, de lo más aparentemente religioso o “espiritual” se esconde lo macabro y alguna sutil forma de mal… aunque sea la soberbia como lo dice el paratexto de Agustín de Hipona que antecede al relato: La soberbia es deseo de alcanzar una altura perversa. Siriaco y su mundo, sus fanáticos y seguidores, se diluyen, de deshacen entre la arena del desierto cuando la madre intenta rescatarlo de esta y de otras locuras. Otra vez una madre persiguiendo a su hijo tocado de locura, una madre que intenta retenerlo en este lado del mundo y un hijo que es halado por otras dimensiones de la existencia, dimensiones extrañas cuya clave de acceso no alcanzamos a descubrir.

No soy capaz de vislumbrar vestigios de maldad alguna o presencia del mal, en los protagonistas de la bella nouvelle de remembranzas y amor, Olor a rosas invisibles, ya publicada anteriormente por la autora. El término pecado que preside esta colección de relatos tal vez pueda aplicársele, aunque no sin antes haberlo discutido. El Diccionario de la Real Academia de la lengua, define así el pecado: Transgresión voluntaria de preceptos religiosos. Cosa que se aparta de lo recto y justo o que falta a lo que es debido. El triángulo formado por Luicé, Eloísa y Solita  no parece mostrar una infidelidad matrimonial en la que se causa un daño irremediable. Los juegos del deseo son incontrolables lo dijo el viejo Freud y las angustias y peripecias de este hombre demasiado mayor para encontrarse con un amor de juventud llaman a la ternura más que a cualquier condenación. Pero claro, en términos eclesiales y por extensión, sociales se trata de una trasgresión.

Para visualizar más la malicia del adúltero que la desazón del viejo, es imprescindible y necesario ponerse en  el punto de vista de la esposa engañada. Es claro que la inocente confianza de Solita es burlada, pero la condena no llega sino desde una mirada estricta y apegada a la ley… Esta expresión en términos cristianos nos habla más bien de una falla que de un camino justo. La música de fondo del Adagio de Albioni nos acompaña en el placer de esta lectura.

Más de una vez en las obras de Laura Restrepo subyacen interrogantes abiertos o retos éticos, preguntas a la moralidad vigente… Es el caso de algunos de estos relatos. Desde mi punto de vista, el cuento que más pone el dedo en la llaga en este sentido, es Amor sin pies ni cabeza.  Cuento de factura impecable en el que la narradora ejerce de periodista-entrevistadora. ¿Desde qué patrones y situaciones juzgar a esta víctima que se hace victimaria? Desde la asepsia y la distancia nunca sabremos cuáles son las razones de la sobrevivencia.

Mirada desde el feminismo Emma la  descuartizadora ¿cómo sería juzgada? El relato nos muestra los detalles del mundo recreado: la cárcel y sus rituales malévolos para acercarse a los presos o presas… las guardianas, las oficinas, las rejas y paredes, las reglas, y de nuevo El Jardín de las delicias que tal vez en esta ocasión refleje los infiernos en vez de las delicias

La narración y el punto de vista de la protagonista son sencillos, directos, no tienen pierde. Mató a su hombre en estricta defensa propia porque la maltrataba. El maltrato es ahogo sicológico, asfixia de la vida: te defiendes o te hundes irremediablemente. Emma escogió salvarse. La sevicia que le pusieron otros a ese desbaratar el cuerpo, ella no se la puso. Su mirada fue más sencilla “más limpia” podríamos decir. Y de nuevo un reto ético flota en el aire: En un país con altísimas tazas de impunidad en la violencia de género ¿el lícito hacer justicia por mano propia?

Y sin embargo allí habita el horror. Un vez más la mutilación, el descuartizamiento, el hachazo de la vida en pedazos… habita las preocupaciones, las obsesiones y los ejes temáticos de nuestra autora. Tal vez una vez más la clave la encontramos en El Bosco y su pintura en la que el mundo interior se deshace en pedazos. Esta lectura nos remite de nuevo al primer texto: al proemio… y luego a cada uno de los relatos, en busca de una mayor inteligencia de lo que se nos dice.


Carmiña Navia Velasco

Santiago de Cali, Marzo de 2016

DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ A RAIMON PANIKKAR


Impresiona leer las declaraciones firmadas por estas dos luces fulgurantes del cristianismo en la víspera de sus muertes. Declaraciones separadas por tres siglos, por un continente y por condiciones muy diferentes pero con un fondo común que las hermana.

Poco antes de la fecha de su  muerte, en 1695, la monja mexicana declara:
Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo de adelante fueren, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del mundo. Juana Inés de la Cruz.
El 15 de Febrero de 2008, Raimon Panikkar declara:
Me siento miembro vivo y sacerdote de la Iglesia, y quiero mantener con ella la comunión hasta el final.
Deshago todos los vínculos que tengo como resultado del matrimonio contraído, siempre teniendo en cuenta los principios de misericordia y de la caridad cristiana.
Estas declaraciones me han impresionado, cada una en sí misma y en el fondo tan similar del que proceden.

Dos espíritus independientes, lúcidos, luchadores, dedicados a la búsqueda del conocimiento, a la construcción del saber en diferentes ámbitos de las ciencias humanas, sociales y científicas. Dos personas que a lo largo de sus vidas tuvieron posiciones críticas frente a la institución y asumieron ideas y proyectos heterodoxos. ¿Qué los lleva a desdecir de su vida casi al final? ¿Qué los lleva a entregarse a una autoridad que antes cuestionaron? ¿Qué hay en esa iglesia con la que ambos quieren la comunión, que los obliga así a borrar páginas de su vida por las que antes lo dieron todo?

En el caso de Sor Juana se han intentado diferentes respuestas, una de las más acertadas es la búsqueda realizada por Octavio Paz en su obra: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe y la de la película inspirada en este mismo texto, Yo, la peor de todas,  de María Luisa Bemberg, que recomiendo sea vista por todas las personas mínimamente interesadas en averiguar sobre esta mujer, que inaugura el feminismo en América Latina. Parece claro que el temor a ser enjuiciada por la inquisición fue uno de los influjos en su inentendible decisión, igualmente la debilidad misma que la epidemia de cólera causa en ella y en su alrededor.

En el caso de Panikkar, su biografía, recientemente editada en español, magníficamente escrita por Maciej Bielawski[1], intenta algunas pistas aunque la verdad, en este sentido, plantea más interrogantes que respuestas. Y es a este libro al que me quiero referir ahora. Se trata de un vehículo muy acertado para aproximarnos a la vida de un hombre extraordinario, cristiano del siglo XXI, roturador de caminos nuevos e inéditos.

En general a Panikkar se le ha “recluido” en el mundo del diálogo interreligioso y nombrarlo a él es connotar su carácter de cristiano hindú, esto es así indudablemente. Pero con él, con su teología y sobre todo con su espiritualidad  nos encontramos con muchísimo más, que es lo que precisamente esta biografía transparenta.

El autor se propone evocar el mito Panikar para lograr desglosarlo y llegar al meollo de cada época, de cada momento, de cada situación; en este camino logra una profunda empatía y comunión con su biografiado. Nos muestra entonces a un itinerante del saber y de la experiencia espiritual que desde muy joven encuentra y predica la unidad entre la vivencia religiosa y un compromiso con el conocimiento profundo del mundo y de la realidad. En algunos momentos y senderos cercano a Theilard de Chardin. Se anticipa a la sensibilidad ecológica que nos enseña a vivenciar la tierra como una auténtica madre. Nos muestra a un Panikkar profundamente holístico empeñado en descubrir, vivenciar y mostrar la unidad profunda del TODO, como el mismo lo plantea:
El monje sería entonces la persona que busca primero una unidad dentro de ella misma, y después una unidad culminante con el universo entero. (De, Elogio de la sencillez).

A lo largo de caminos muy variados este espíritu inquieto va encontrando sus propias huellas: Transita por el Opus Dei, se sumerge en el Hinduismo, recoge experiencia intelectuales y cristianas de Europa y Norteamérica… logra una síntesis inigualable que preside y orienta su vida. De su mano recorremos una nueva cara de la tradición y la teología cristianas. A través de este texto nos enteramos que una frase tan popular y repetida como: el cristiano del siglo XXI será místico o no será… es suya y no de Rahner quien la dio a conocer.

En sus años de madurez nos regala esa preciosa elaboración La Plenitud del hombre[2] en la cual la experiencia cristofánica sale de la cárcel en la que la teología dogmática la ha encerrado y se universaliza y se hace cósmica. En sus obras más connotadas este hombre-espiritual nos descubre un nuevo rostro de la Divinidad, un rostro no reñido con la sensibilidad y el saber del hombre y la mujer del siglo XXI.

La biografía de la que hablamos y estas  líneas que escribo, sólo son una invitación a beber en las fuentes Panikkeanas, es allí dónde podemos enriquecernos con este original camino. Podemos recomendar especialmente: La experiencia mística, Elogio de la sencillez, Iniciación a los vedas… vías sencillas de introducirnos en este bosque luminoso.

Y al final las preguntas: ¿Qué sostiene una iglesia en la cual para mantener la comunión hay que desdecirse de una vida caminada pausadamente y a conciencia? ¿Qué pasa para que los y las grandes: Teresa de Ávila o Theilard, tenga que exclamar en sus últimas horas, muero al fin hijo o hija de la iglesia? ¿Por qué siempre la insistencia eclesial en ser el único camino y en unas ortodoxias y rigideces que nada tienen que ver con el llamado y la invitación amorosa del maestro de Galilea? ¿Por qué el empeño en marcar con fuego en los espíritus una sensación permanente de deuda, de culpa,  cómo si nos mantuviéramos en los inicios de la ley mosaica y no hubiéramos atravesado las sendas del amor propuesto por Jesús y por otros profetas como Isaías?

Ojalá pensar sobre la vida de estos grandes hombres y mujeres: Teresa de Ávila en su quinto centenario, Panikkar en su reciente biografía publicada, Theilard o sor Juana siempre vigentes… nos ayude a fortalecer nuestras propias sendas. Ojalá el Papa Francisco logre hacer triunfar su anhelo de misericordia y esa misericordia quiebre las estructuras eclesiales férreas e inhumanas que muchas veces rigen en la casa de Pedro.





Carmiña Navia Velasco
Octubre 2015




[1] Maciej Bielawski:
PANIKKAR, una biografía – Traducción: Jordi Pigem
Editorial Fragmenta, Barcelona 2014
[2] Raimond Panikkar:
 La Plenitud del Hombre
 Ediciones Siruela, Madrid 1999