FLORES DE SANGRE, UNA NOVELA PARA DEGUSTAR 
                                                                          Carmiña Navia Velasco
  

Judith Ress, teóloga estadounidense que vive en América Latina desde 1970, ha incursionado en el mundo de la novelística, con la publicación de su obra: Flores de Sangre, de la Bandera al Salvador 1970 – 1979, publicada en inglés en el 2010 y traducida al castellano en el 2014. Esta obra salda una vieja deuda en la literatura del subcontinente: Recrea magníficamente y desde dentro, el universo de la praxis cristiana comprometida con la liberación de nuestros países. Siempre he sentido que el compromiso de los cristianos en la liberación de América Latina esperaba una buena recreación literaria.

Algunas obras se habían acercado a este eje semántico con mayor o menor decisión: La cruz invertida  de Marco Aguinis (1970), La insurrección de Antonio Skarmeta (1981)… y recientemente la novela de Gabriela Castellanos: Jalisco pierde en Cali. Ninguna como esta sin embargo, bucea en el corazón de estas realidades y nos las entrega con una inmensa carga de luz, de amor y de energía.

La novela, en cuya carátula encontramos la afirmación de que se trata de una novela histórica,  se acerca a la realidad salvadoreña de los años 1975 a 1979. Focaliza desde la intimidad de una de sus protagonistas, el grupo y el ambiente que acompañó en su trabajo al padre Rutilio Grande, mártir de las luchas populares y al equipo de religiosas que trabajó en esos años bajo la compañía paternal de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien en la historia es sólo una sombra lejana, no uno de los principales personajes.

La narración se focaliza en Meg, figura protagónica que lleva adelante la trama y se complementa con cartas de su autoría, enviadas por ella a diferentes relaciones cercanas. Tanto por la focalización narrativa como por las cartas y diálogos sostenidos entre las protagonistas, tenemos acceso al corazón mismo de los personajes, a sus sentimientos, evaluaciones sociales, disquisiciones, inquietudes, búsquedas espirituales y políticas. Nos hallamos ante un relato que se mueve ampliamente en los paisajes interiores de quienes pueblan sus páginas. Con ello nos hacemos partícipes de un mundo denso y consistente, muy alejado de panfletarismos de cualquier signo que en ocasiones afecta tanto este tipo de literatura.

El eje narrativo es la historia de algunas religiosas, principalmente dos: Hermanas de la Caridad,  una Congregación norteamericana; que optan por vivir en Latinoamérica, en  medio del pueblo pobre y sus angustias, carencias, luchas y persecuciones. Meg viene de Chile, de la lucha contra la dictadura y Theo vive hace años en El salvador. Este itinerario permite a la autora trazar hilos invisibles que atraviesan la historia, las resistencias y los padecimientos en varios ámbitos de la “patria grande”. Uno de los mayores aciertos de la obra, que le concede un valor sin igual, es que estas monjas están construidas con una hondura y profundidad humana inmensas. Nos encontramos ante dos mujeres potentes, de carne y hueso, radicalmente alejadas de los estereotipos con que suelen ser representadas “las monjas”.

La novela nos muestra a estas dos misioneras en toda su grandeza humana: Sus sentimientos religiosos, atravesados siempre por preguntas; su entrega a las causas populares; sus amores y amistades profundas, en ocasiones desgarradoras, en ocasiones plenificantes. Y se recrea su  mundo cotidiano, en medio de los campesinos salvadoreños, víctimas de los terratenientes, de los paramilitares y de un ejército nacional mercenario, corrupto y animalizado en sus prácticas de dominación y de guerra. Una de ellas sella con su propio martirio esta entrega.

La autora recrea un mundo en el que tienen lugar los encuentros más bellos y tiernos entre hombres y mujeres, entre mujeres, entre compañeros… y al mismo tiempo con un lenguaje contenido y preciso nos muestra las escenas más atroces: las matanzas y los asesinatos, la violación de las mujeres, la solidaridad indestructible.

Con esta novela construimos memoria, memoria colectiva, memoria imprescindible. En su resolución final la narración anuncia una evolución bastante corriente en el  mundo cristiano: la protagonista encuentra sanación y amplitud de su vida espiritual en la mirada hacia el oriente. Sus prácticas de yoga y su encuentro con la espiritualidad budista le permiten superar los traumas a los que fue sometida en las situaciones crueles por las que pasó y le permiten trascender el asesinato de su amiga para volver a entregarse a una vida en servicio. No obstante a Meg, la mata tempranamente el cáncer y eso nos arrebata su riqueza.

El periplo vital de estas religiosas marca una senda de luz, sin embargo la lectura de la novela nos deja abiertos muchos interrogantes, una seña de la buena literatura: No se resuelve todo, hay que recomenzar la lectura, degustarla, repensarla… releer comparativamente otros textos. Mi invitación es a disfrutar esta inmersión y mi soplo al oído de Judith Ress es que nos regale otros libros, otros caminos, otras experiencias.

Santiago de Cali, Marzo de 2019







TRES MALDITOS CENTÍMETROS:
CANTO A LA VIDA EN EL SIGLO XXI

Carmiña Navia Velasco
  
El poema de María Ángeles Sánchez: Tres malditos centímetros, se instala cómodamente en la tradición poética de los cantos extensos que recrean las hazañas de un héroe. En la tradición clásica los poemas largos exaltan poéticamente la épica y los hechos de algún conquistador, de algún aventurero nacional, desde los cantos homéricos hasta el Cid Campeador. Con Eliot y su Tierra baldía, la modernidad y el siglo XX han situado a estos héroes en los azares y anonimatos de lo cotidiano, rescatando así la grandeza escondida en los días grises.

En su libro, María Ángeles nos entrega alrededor de mil ochocientos veinticuatro versos, en los que recrea el día a día de heroicidades cotidianas en una lucha titánica contra la enfermedad. Indiscutiblemente el cáncer es hoy una de las travesías más difíciles que se abren ante los hombres y mujeres de este:
Las muertes ocasionadas por cáncer a nivel mundial siguen aumentando. Según los especialistas, dentro de aproximadamente dos décadas se reportarán entre seis y diez millones cada año, y en el 2030, ocurrirán alrededor de 11,4 millones de fallecimientos por su causa.
El nombre de esta enfermedad es un término genérico para un grupo de más de 200 enfermedades que pueden afectar cualquier parte del organismo. Es conocida también como neoplasia o tumor maligno.
[Marinela Martín González: El cáncer, la epidemia silenciosa del siglo XXI
Consultado el 9 de Octubre de 2018].

Esta travesía, desde distintos puntos de vista: la salud, el juego social, las crisis internas, la soledad y el acompañamiento, el miedo y la esperanza… es precisamente lo que potentemente la poeta transporta en palabras, a lo largo de estas impactantes y cálidas páginas.

Nos encontramos ante un poema en el que lo épico y lo lírico se entrecruzan insospechadamente logrando conseguir en los lectores y lectoras una gama abierta de emociones, reflexiones, sentimientos y preguntas. Como toda buena poesía, estos textos nos llevan a los límites de la vida y la muerte, de la soledad y el amor. Un texto en el que se nos narra el cotidiano de la protagonista; cotidiano salpicado aquí y allá por reflexiones, rememoraciones, preguntas… En perfecta correspondencia con la materia que acunan las palabras, no nos encontramos ante metros que dicen lo extraordinario y lo grandioso: endecasílabos, alejandrinos… El texto se estructura en versos cortos, en ocasiones una sola palabra sintetiza y remite a la siguiente; versos huérfanos que gritan la verdad desde su soledad y desamparo. Metáforas originales que transmiten la fuerza del acontecer diario, anodino, cotidiano… cargándolo de trascendencia y convocando la emoción.

En este cuaderno de poemas realizamos somos invitados a varios y diferentes recorridos, siempre revisitados.
En primer lugar por la enfermedad misma:
El espejo me devuelve mi imagen:
una cabeza rapada
unos ojos sin cejas
una expresión algo ausente


Ingerir
Digerir

En eso
tan prosaico y banal
tan necesario
se concentran mis horas.

Esa enfermedad que carcome:
Ni rastro
de energía.

Recorrido que no es sólo descriptivo o anecdótico, que por el contrario conlleva unas cuantas preguntas definitivas aunque no metafísicas:
Convertir la muerte en una obra de arte
o, al menos, intentarlo

Me reconforta comprobar
cuando ronda el fantasma
que la teoría largamente acariciada
tiene mucho que ver con la práctica.

Porque a todo lo largo del camino, el desarrollo del canto es una confrontación con el YO íntimo: Es a mí, exactamente a mí a quien le está pasando o: Mi páncreas y yo, nos hemos convertido en aliados.

Desde ese Yo, el universo convocado se ensancha y quiere traer a la página a esa “tribu oncológica” de la que la poeta se siente parte:
El universo oncológico
está lleno
de historias de éxito
de vidas ejemplares
de hombres y mujeres
que con su lucha
-porque de una lucha se trata-
han logrado desterrar el mal…

Hay una reivindicación de los derechos de esa tribu, una solidaridad cómplice que lleva a la voz lírica a rechazar las metáforas sociales que asocian el cáncer con el mal social o político (se queja de la identidad de la enfermedad con la corrupción: ¿Por qué no dejan  en paz el cáncer y a quienes lo padecemos?), esta actitud evoca los sentimientos transmitidos por Susan Sontang en su propia experiencia:
… lo que más me enfurecía era ver hasta qué punto la propia reputación de la enfermedad aumentaba el sufrimiento de quienes la padecían. Muchos de mis compañeros de enfermedad con quienes tuve ocasión de hablar durante mis primeras hospitalizaciones, y otros que conocí como paciente externa durante los dos años y medio siguientes de quimioterapia en varios hospitales de Estados Unidos y Francia, mostraban su disgusto por la enfermedad, sentían una suerte de vergüenza. Parecían estar dominados por ciertas fantasías sobre su enfermedad, que para mí nada tenían de seductoras… [Susan Sotang: La enfermedad y sus metáforas. Ed. Suma de letras 2003 – Pág. 135]

Para la protagonista de este relato -en los límites de lo lírico/épico- la interrelación con unos y con otras va aumentado su dimensión, llenando las páginas de nombres, de evocaciones, de amores y abandonos, de silencios:
Trenes
aviones
atascos matinales en la M-30

Abrazos cálidos
ojos llenos de lágrimas
en medio de un “te quiero”

Las tardes de quimioterapia convertidas por la amistad en un encuentro. Pero también: La soledad ¿cómo definirla? o: Hay silencios que resuenan como estruendos.

Y sobre todo:

Hay relaciones a prueba de bombas y tumores
otras de quiero y no puedo
otras, al fin, pura filfa
vanidad de vanidades

Algunas cuajan en la dificultad
mientras unas cuantas ponen
pies en polvorosa.

La enfermedad es el crisol del miedo.

Con estos versos se abre el canto, situándonos desde el mismo comienzo en la importancia que para la poeta han tenido a lo largo de su viaje las manos que acompañan o abandonan, los abrazos que se han dado o guardado, en últimas la compañía del amor:
          ¿Está acompañada?
Es la primera
y casi única
pregunta
ante la enfermedad

Con la fuerza poética que caracteriza este trabajo, se afirma y se convoca lo que en otros lenguajes plantea muy acertadamente Jean Shinoda Bolen:
Si la adversidad reviste la forma de una enfermedad mortal, y el riesgo es la muerte y/o la pérdida de sentido, una relación de tú a tú supone una tabla de salvación y una conexión espiritual. Esto ocurre así sobre todo cuando el reto es a largo plazo: pelear, mes tras mes, para seguir vivos o recuperar la salud. Para resistir, cualquiera que padezca una enfermedad duradera necesita el apoyo espiritual de los demás. [Jean Shinoda Bolen: El sentido de la enfermedad, Barcelona 2006, Pág. 129].


En el poema el acompañamiento tiene múltiples rostros: Amigas y amigos, familia… pero también se explicitan esas presencias espirituales que refuerzan el diario vivir:
          Velas, luces, plegarias, deseos, rezos, energías,
            buenas vibraciones…
                       
El magma vivificador y multiforme
(¿la comunión de los santos
del catecismo infantil?)
entra en vena
y va directamente
a su destino.


Y uno de los aspectos más importantes, a mi juicio: La autorreflexión sobre su propia escritura. La palabra que ausculta la palabra. A lo largo de todo el camino esta mirada vuelve:
          No he podido escribir
ni una línea
en cinco meses

Pero ahora
las palabras se agolpan
en la punta
afilada de mi lápiz

(Esa punta afilada que es precisamente la que logra penetrar estéticamente una realidad de dolor y cotidianeidad).

            ¿Renaceré
como tantas veces
desde la escritura?

Escribir es una forma
de sacarlo fuera
cierto
pero también una manera
de  meterlo cada vez más
hacia adentro.
         

Este canto (autentica espiritualidad de la resistencia) nos entrega en su conjunto una epopeya del siglo XXI, la protagonista a la manera de “un Ulises actual” se mueve a lo largo de unos meses en un profundo laberinto existencial en el que encuentra retos, tentaciones, compañeros de viaje, horizontes e Ítacas. Tres malditos centímetros*  es un regalo para todos aquellos y aquellas que -desde la salud o desde la enfermedad- quieran tomar su vida en serio y realizar su travesía en profundidad.


* María Ángeles Sánchez:
  Tres Malditos Centímetros
  Editorial Círculo Rojo, España 2018


         LAURA RETREPO Y SUS MIRADAS AL MAL                                                

La escritura de Laura Restrepo está siempre habitada por evocaciones, connotaciones, intertextualidades. En su nueva obra nos obliga a pasearnos por el Bosco y el Greco, por Cervantes, Shakespeare y Proust, por los llamados Padres de la Iglesia… porque desde todos esos lados son iluminados los fantasmas que arrojan luz sobre una escritura poblada de imágenes, de sentidos, de premoniciones… de reflexiones en profundidad. Todo este paseo tiene sin embargo un anclaje claro y definitivo: el cuadro El Jardín de las delicias, oleo de Hieronymus Bosch, el Bosco. Un hilo discursivo lo podemos encontrar en ese diálogo permanente con el profundo simbolismo que habita esta pintura. Es como si los relatos que constituyen el nuevo libro de Restrepo quisieran encontrar su lugar precisamente en ese universo extraño y misterioso que es la pintura.

Por ello la obra se abre precisamente con un proemio que es una divagación sobre este tríptico, titulada: Peccata Mundi,  en la que antes que nada se nos dan retazos y pinceladas de esta obra pictórica. Se nos remite a uno de sus dueños: el rey español Felipe II, reconocido en mucho ámbitos por sus afanes inquisitoriales inmisericordes y sus persecuciones a enemigos y hasta a amigos de ayer. El jardín de las delicias o placeres, habla en su tejido del pecado del mundo al que el proemio nos introducirá. En una fusión permanente nos vamos a encontrar entonces con los límites entre el mal y la bondad, límites imprecisos que  a veces se oscurecen y en ocasiones se fulguran. Cómo si en el fondo de esta escritura se ahogara una pregunta por los juicios morales más evidentes en nuestra sociedad. Estos límites imprecisos son una de las obsesiones de la autora a lo largo de toda su obra. Muchos de sus personajes destellan ternura o acogida en medio de sus atrocidades y otros dejan ver ambigüedades y sentimientos negativos en medio de su aparente corrección.

Irina la joven estudiosa del fresco, enlaza este proemio con el primer relato: Las Susanas en su paraíso. A partir de aquí entramos en un mundo más cotidiano, más prosaico, en el cual de repente irrumpe una fuerza inesperada que aunque haya sido anticipada narrativamente, descoloca las cosas y nos deja en el borde de abismos diferentes.

Las Susanas viven en su Jardín de las delicias, rodeadas de servidores, aisladas de su alrededor en el cual fuerzas paramilitares y oscuras, hacen desastres y matanzas que no las tocan. A san Tarsicio, el poblado de negros, que alberga las vacaciones de estas tres mujeres ricas y blancas, se llega atravesando Los Montes de María, región tristemente conocida del nor-este colombiano. Sobre la región podríamos decir muchas cosas, pero sinteticémosla en una: La violencia que dejó 56 masacres, cientos de miles de desplazados, ruina económica y una gran tristeza entre los cultos y luchadores campesinos de esta región entre Sucre y Bolívar tiene raíces hondas…  
[¿Cómo se fraguó la tragedia de los montes de María?:

En el límite inmediato de la hacienda de las Susanas, se ubican los habitantes del pueblo, que despliegan ante ellas todas sus ventas y rebusques para aumentar con sus visitas los escasos ingresos. Dos mundos que aunque no se mezclan se miran mucho, la mirada de unos se posa sobre la piel de las otras, la mirada de ellas penetra sus quehaceres, sus cuerpos y sus bailes. La champeta se proyecta sobre la narración con su ritmo y su ondulación de caderas y músculos. En un momento, esas miradas rompen las barreras y el mundo de los negros irrumpe transgresivamente en el universo de las mujeres blancas. El Nenito atrae a Diana y desde la primera mirada de este reencuentro, que se nos narra en detalle, el desenlace está anunciado. Cuando se consume el deseo y el paraíso se agiganta, sobreviene el caos que a manera  de juicio final arrasa con cualquier señal de vida en esa hacienda que se queda vacía, esperando un regreso que no culmina. ¿Finalmente el verdadero mal ha tocado el mundo de las Susanas? Es una pregunta que queda flotando en el ambiente, el relato no resuelve todo, diferentes lecturas siempre son posibles.

Con la destrucción de uno de los jardines de las delicias se nos deja en el exilio y frente a frente con la viuda,  un asesino meticuloso, obsesivo y perfeccionista que planifica en detalle cada asesinato y no perdona jamás a sus víctimas desde el  momento en que le son encomendadas. El mal lo encontramos aquí en los términos definidos por Hannah Arendt, en su propuesta sobre la banalidad del mal. Este ejecutor de la muerte, cuando nos relata su vida, sus tareas y hazañas, su rutina… no cae jamás en un cuestionamiento, en una angustia, no conoce la sensación de arrepentimiento. Siente que se distingue entre los otros de su calaña por su exactitud, por su rigurosidad… por lo que denomina su pulcritud y la ausencia de rastros en que se mueve.

Pero por una casualidad del destino, de esas que la tragedia griega maneja tan bien, la tarea focalizada por el relato nos muestra los días en que la viuda se enamora perdidamente de la hija del que ha de ser su víctima. El amor y la pasión, como siempre ocurre, le enredan la vida y entonces él pasa a desvelarse, a seguirla, a averiguar sus días. Todo deja de interesarle menos ella que concentra sus fuerzas y atenciones. En su discurrir la encuentra débil y con necesidad de protección, tentación difícil de superar para un sicario. Su destino se tuerce: ahora está dispuesto a morir, a recibir el castigo por la única acción buena  que ha hecho. El castigo llega por los únicos pasos que no se lo han ganado.

El relato tercero nos enfrenta a un tema eterno de la literatura, del arte, de la psicología: una forma muy especial de Edipo. Forma muy especial porque en realidad ese padre y esa hija lo son sólo en términos biológicos. Ana, la protagonista nos  cuenta varias cosas: en primer lugar su ausencia total de padre, ausencia que se llena con fantasías, con deseos equívocos, con rechazo a la madre o a los tíos… ausencia y vacío que se llena con literatura, con libros, con un juego sexual sin sobresaltos ni secretos. El amor entre el padre y la hija viene dado en el relato en forma natural, sin sorpresas ni preguntas… La narración no se detiene en las conciencias, sólo en el acontecer que se resbala sin problemas cada noche en la cama. El abrazo de Perucho y su hija tiene lugar en una estancia en la que de nuevo el Jardín del Bosco preside.

Pero aunque la conciencia no se dice, ese encuentro de cuerpos termina siendo una alta dosis de rencor acumulado que se manifiesta en la violencia con que el padre se da en su cabeza contra la pared o los barrotes de la pieza-testigo y en el repudio final por parte de la joven. No tenemos acceso a los pensamientos de Perucho, sólo a sus arrebatos… todo lo vemos con los ojos de la hija a la que en un momento le llega a ser insostenible su pecado o más bien el pecado del padre. Ella rechaza (repudia en términos shakesperianos) a su padre… Y curiosamente recurre a su  madre como a su salvadora. El abordaje de este tema es valiente y de frente, y al mirar la pareja paseándose por los campus de la Universidad norteamericana los lectores nos preguntamos dónde radicó el mal: ¿en el enamoramiento de la hija o una vez nuevamente en el abandono del padre? Ese grito de angustia:
Hubiera querido abrazar a mi padre pero no ahí, no así. Hubiera querido quererlo de otra manera, darle vuelta a la naturaleza de mi amor, expulsarlos bichos negros de la charca, exterminar la ponzoña de gusanos. Limpiarlo todo y dormir en paz…
nos habla de una conciencia con deseos de estar limpia… Pero ese No-Padre se hace sombra obsesiva, se convierte en síntoma en términos psicoanalíticos.

Y es esa ausencia radical del padre la que vuelve a jugar en, Lindo y malo ese muñeco. Otra forma de Edipo en unas formaciones sociales en las que el padre no sabe ni desea estar presente. Arcángel debe asumir las funciones del padre, del marido, del jefe y proveedor del hogar… ante una madre demasiado ocupada en la sobrevivencia como para preocuparse de por cuáles caminos va su hijo hasta llegar a casa con el dinero para el pan. En este cuento la autora por medio de un potente juego del lenguaje y la palabra nos acerca a los barrios marginales de ladera, aquellos en los que las nociones tradicionales del bien y del mal se han invertido en ocasiones y se han desvanecido en otras, en medio de una sociedad líquida, según la propuesta de Zygmunt Bauman. Encontramos de nuevo esa banalidad que mata, roba o se divierte tumbando una escalera aunque ello ponga en peligro la vida de un albañil.

El hijo se siente amado por su  madre y reconocido por ella en su función de proveedor y protector en medio de la escasez y del peligro. Eso le basta; con satisfacción del deber cumplido, recibe su pan dulce o su sopa en la noche. Por eso su jardín de las delicias se desmorona y su vida tiene una especie de final y sobre todo de mudez, cuando descubre su desaprobación. Arcángel no se ha planteado jamás el interrogante por la moralidad de lo que hace o lo que deja de hacer: consigue el pan, con eso basta. Se sienta por las tarde a mirar el paisaje en medio de una calma aparente o real… Por ello al constatar la reprobación maternal en la carne de su hermano menor, pierde su norte y la voz narrativa nos deja ad portas de un interrogante. Final abierto como muchos de los de Laura Restrepo.

El relato más extraño de los siete que componen el conjunto, es El Siriaco, también el más directamente religioso. Este loco estilita en sus ardores religiosos nos recuerda al Sleepy Joe de Hot Sur o al ángel caído de Dulce compañía… La diferencia y cercanía o lejanía entre la simple religión y la mística. ¿Qué se esconde detrás de estos efluvios? Todo el ambiente del mundo ficcional es exótico: el universo que rodea al rico y poderoso Nemérodes, el santo Gebrayel que anuncia las desgracias… el niño que conversa con las ranas y con las ovejas. ¿Estamos ante un soberbio en ciernes que no puede hablar con sus semejantes o simplemente ante un “ido” cuya cabeza perdió la llave de regreso? ¿Siriaco está inspirado en Simeón el estilita y sus siguientes émulos o su existencia narrativa es fruto de otras preocupaciones que pueden hallar respuesta en esas columnas del desierto? Es claro que la autora quiso trasladarse al antiguo oriente, en las puertas mismas del desierto y explorar motivaciones y deseos. ¿Es lícito pensar en alguna interpelación a la Siria de hoy?

Aún en medio de lo más puro, de lo más aparentemente religioso o “espiritual” se esconde lo macabro y alguna sutil forma de mal… aunque sea la soberbia como lo dice el paratexto de Agustín de Hipona que antecede al relato: La soberbia es deseo de alcanzar una altura perversa. Siriaco y su mundo, sus fanáticos y seguidores, se diluyen, de deshacen entre la arena del desierto cuando la madre intenta rescatarlo de esta y de otras locuras. Otra vez una madre persiguiendo a su hijo tocado de locura, una madre que intenta retenerlo en este lado del mundo y un hijo que es halado por otras dimensiones de la existencia, dimensiones extrañas cuya clave de acceso no alcanzamos a descubrir.

No soy capaz de vislumbrar vestigios de maldad alguna o presencia del mal, en los protagonistas de la bella nouvelle de remembranzas y amor, Olor a rosas invisibles, ya publicada anteriormente por la autora. El término pecado que preside esta colección de relatos tal vez pueda aplicársele, aunque no sin antes haberlo discutido. El Diccionario de la Real Academia de la lengua, define así el pecado: Transgresión voluntaria de preceptos religiosos. Cosa que se aparta de lo recto y justo o que falta a lo que es debido. El triángulo formado por Luicé, Eloísa y Solita  no parece mostrar una infidelidad matrimonial en la que se causa un daño irremediable. Los juegos del deseo son incontrolables lo dijo el viejo Freud y las angustias y peripecias de este hombre demasiado mayor para encontrarse con un amor de juventud llaman a la ternura más que a cualquier condenación. Pero claro, en términos eclesiales y por extensión, sociales se trata de una trasgresión.

Para visualizar más la malicia del adúltero que la desazón del viejo, es imprescindible y necesario ponerse en  el punto de vista de la esposa engañada. Es claro que la inocente confianza de Solita es burlada, pero la condena no llega sino desde una mirada estricta y apegada a la ley… Esta expresión en términos cristianos nos habla más bien de una falla que de un camino justo. La música de fondo del Adagio de Albioni nos acompaña en el placer de esta lectura.

Más de una vez en las obras de Laura Restrepo subyacen interrogantes abiertos o retos éticos, preguntas a la moralidad vigente… Es el caso de algunos de estos relatos. Desde mi punto de vista, el cuento que más pone el dedo en la llaga en este sentido, es Amor sin pies ni cabeza.  Cuento de factura impecable en el que la narradora ejerce de periodista-entrevistadora. ¿Desde qué patrones y situaciones juzgar a esta víctima que se hace victimaria? Desde la asepsia y la distancia nunca sabremos cuáles son las razones de la sobrevivencia.

Mirada desde el feminismo Emma la  descuartizadora ¿cómo sería juzgada? El relato nos muestra los detalles del mundo recreado: la cárcel y sus rituales malévolos para acercarse a los presos o presas… las guardianas, las oficinas, las rejas y paredes, las reglas, y de nuevo El Jardín de las delicias que tal vez en esta ocasión refleje los infiernos en vez de las delicias

La narración y el punto de vista de la protagonista son sencillos, directos, no tienen pierde. Mató a su hombre en estricta defensa propia porque la maltrataba. El maltrato es ahogo sicológico, asfixia de la vida: te defiendes o te hundes irremediablemente. Emma escogió salvarse. La sevicia que le pusieron otros a ese desbaratar el cuerpo, ella no se la puso. Su mirada fue más sencilla “más limpia” podríamos decir. Y de nuevo un reto ético flota en el aire: En un país con altísimas tazas de impunidad en la violencia de género ¿el lícito hacer justicia por mano propia?

Y sin embargo allí habita el horror. Un vez más la mutilación, el descuartizamiento, el hachazo de la vida en pedazos… habita las preocupaciones, las obsesiones y los ejes temáticos de nuestra autora. Tal vez una vez más la clave la encontramos en El Bosco y su pintura en la que el mundo interior se deshace en pedazos. Esta lectura nos remite de nuevo al primer texto: al proemio… y luego a cada uno de los relatos, en busca de una mayor inteligencia de lo que se nos dice.


Carmiña Navia Velasco

Santiago de Cali, Marzo de 2016