REPRESENTACIÓN LITERARIA DE LAS PANDEMIAS
   
                                                                       Carmiña Navia Velasco



Me resulta realmente impactante comprobar lo poco o casi nada que han cambiado las realidades humanas y sociales desde el siglo XIV hasta el siglo XXI. Leer la Jornada Primera, del DECAMERÓN de Boccaccio nos sitúa impresionantemente en el mismo panorama que vivimos hoy, siete siglos después. El texto nos habla de cuando en “la egregia ciudad de Florencia, en 1348 apareció la peste mortífera”. Muy sintéticamente este capítulo cuenta que había sólo dos medidas para salvarse de la peste: huir de ella a lugares lejanos a los que no llegaba o encerrarse en las casas (igual que hoy) para evitarla. Con algunas frases y descripciones se tiene la sensación de que el tiempo da vueltas en redondo, como diría Úrsula Iguarán en Cien años de soledad,  seis siglos adelante.

En 1722, publica Daniel Defoe su maravilloso DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE, en el que nos relata en detalle cómo Londres fue asolada a lo largo de 1665 por el mismo flagelo. Estamos ante una obra de una gran calidad literaria. Una crónica en la que se insertan anécdotas, reflexiones y registros de lo acontecido en esa malhadada época. De nuevo impacta el que hoy, en el siglo XXI y con todos los avances de la medicina y la técnica tengamos que recurrir a la misma estrategia: aislar a los enfermos y encerrarnos en casa.

Defoe mira en detalle el desarrollo de la peste, al mismo tiempo que profundiza en los comportamientos del alma humana y en las múltiples consecuencias que se siguen a este acontecer del que como de una maldición no es posible escapar. La falsa o real oposición entre economía y salud, la sufrió Londres en el siglo XVII y la miseria se extendió como una plaga sobre la plaga. Es otro de los aspectos en los que el  mundo no ha avanzado, ni parece que quiere avanzar:
Mas también en esto la miseria de aquellos tiempos recayó sobre los pobres, los que cuando estaban contagiados, no tenían ni comida, ni medicamentos, ni  médicos, ni boticarios o enfermeras que los cuidasen. Muchos de ellos murieron clamando por auxilio, e incluso por sustento asomados a sus ventanas de la manera más miserable y lastimosa…
[Daniel Defoe: DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE].

La narración nos llega en la voz de un comerciante que decide no abandonar la ciudad para salvar sus bienes y se convierte en una especia de reportero que registra aconteceres y protagonistas al mismo tiempo que realiza reflexiones permanentes y evaluaciones del comportamiento de sus compatriotas. La ideología religiosa de Defoe se hace presente todo el tiempo y los acontecimientos se leen como un castigo de la mano divina. La crueldad de los encierros, a más de la enfermedad misma, es agobiante.

Otra de las cosas en las cuales repetimos lo mismo es en lo relativo al cuidado que tenían que tener las gentes cuando las medidas estrictas se fueron relajando. Lo registrado por el cronista parecería copiado de la actualidad:
Mas todo fue en vano: las audaces criaturas estaban tan poseídas de la primera alegría y tan sorprendidas por la satisfacción de observar que las listas semanales de las víctimas habían bajado… que era incapaces de volver a sentir terrores nuevos, y sólo querían creer en que la amargura de la muerte ya había pasado…
Desde nuestro momento llama la atención y genera preguntas el final de la peste… la enfermedad va perdiendo fuerza y al cabo de un año bajan las muertes y la gravedad, hasta extinguirse completamente a los diez y ocho meses más o menos. ¿Será que el Covid 19 perderá su fuerza también?

Pues sabía lo que la muchedumbre en fiesta ignoraba y puede leerse en los libros, a saber: que el bacilo de la peste no muere ni desparece nunca, que puede permanecer adormecido durante años en los muebles y la ropa, que aguarda pacientemente en las habitaciones, las cuevas, las maletas, los pañuelos y papeles y que quizás llegue un día en que, para desdicha y enseñanza de los hombres, la peste despierte sus ratas y las envíe a morir a una ciudad alegre.
[Albert Camus: LA PESTE].
Con estas palabras termina Camus, su gran novela: La Peste. Otro relato-espejo de la actual condición mundial.

Esta obra podemos entenderla cómo una parábola de la condición humana, de las realidades retorcidas que muchas veces envuelven a las sociedades nuestras, de las respuestas fallidas a las demandas de solidaridad y hermandad. El autor sitúa su acontecer en la ciudad argelina de Orán en la década del 40 del siglo pasado y antecede su relato con una cita de Defoe, explicitando así su deuda con él. Es claro que Camus recorre las diversas plagas que han azotado al mundo y crea un universo distópico en el cual se reproduce la muerte a gran escala.

Uno de los aspectos más valiosos de su novela es la figura de los médicos, especialmente la del narrador, doctor Rieux, hombre de una hondura y delicadezas inmensas. Paso a paso y sin estridencias este médico desarrolla una lucha titánica contra la muerte, mientras se enfrenta a su propio dolor por la pérdida de su esposa-compañera, amor de siempre. La talla de este personaje trasciende los años y se convierte en uno de los héroes, de la literatura en el siglo XX.

Si reconocemos que:
En cada héroe literario, en efecto se cifran ejemplarmente las principales aspiraciones de una época determinada, así como las virtudes humanas más elevadas. Las cuales suelen representarse no en abstracto, sino en acciones concretas, es decir en el esforzado empeño con que el personaje intenta salir airoso de una serie de aventuras, erizadas de dificultades, pero que le permiten mostrar sus talentos y su excelencia moral…
[Antonio Blanch, EL HOMBRE IMAGINARIO]
Esta figura salida de la pluma del genial Camus, constituye un ejemplo sin igual de la labor de los hombres y mujeres de la salud que hoy reconocemos como inmensa.

Alrededor de esta figura, campeona de la vida, el autor va mostrando como crece en la ciudad ese cruel castigo de la peste que se apodera de calles, casas, gentes… pasados y futuros. Aumento imparable de contagios y la misma impotencia científica que seguimos teniendo hoy, casi un siglo después. Tanto El diario del año… como La peste, lo que fundamentalmente nos narran es la impotencia humana, su vulnerabilidad que nos tendrían que hacer tomar conciencia de nuestra pequeñez ante fuerzas inmensas que sobrepasan toda prepotencia… Pero es claro que la humanidad sigue sin ajustarse a su real tamaño y dimensión.

Quiero referirme finalmente en forma rápida a la obra de José Saramago, Ensayo sobre la ceguera, publicada por primera vez 1995. Se trata de una novela premonitoria que se convierte en una parábola de la ceguera humana ante un destino amable. Pero definitivamente no me gustó. Se respira en ella demasiada abyección, demasiado terror, excesiva degradación de la bondad que de todas maneras, mal que le pese a Saramago, existe en el mundo.

Una cita de Antoine Compagnon nos dice:
Samuel Johnson los había resumido perfectamente: “La única finalidad de la literatura es hacer a los lectores capaces de gozar mejor de su vida, o de soportarla mejor”. T. S. Eliot repetía en 1949: “la cultura puede ser descrita simplemente como aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida…
[Compagnon: ¿PARA QUE SIRVE LA LITERATURA?]
La lectura de esta obra de Saramago a más de producir angustia y pánico, arrasa con la más mínima fe y esperanza en que el destino humano pueda ser nunca redimido. Una sin-salida tan cerrada y tan fuerte no tiene -a mi juicio- efectos de placer o positivos éticamente en los lectores.



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BIBLIOGRAFÍA:
Antonio Blanch:
EL HOMBRE IMAGINARIO. UNA ANTROPOLOGÍA LITERARIA.
Ed. PPC, Madrid 1995

Giovanni Boccaccio:
DECAMERON
Editorial Mateu, Barcelona 1963

Albert Camus:
LA PESTE
En: Obras Completas, Tomo I
Editorial Aguilar 1959

Antoine Compagnon:
¿PARA QUÉ SIRVE LA LITERATURA?
Ed. Acantilado, Barcelona 2008

Daniel Defoe:
DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE
Impedimenta 2010

José Saramago:
ENSAYO SOBRE LA CEGUERA
Penguin Random House, Bogotá 2015












         FLORES DE SANGRE, UNA NOVELA PARA DEGUSTAR 
                                                                          Carmiña Navia Velasco
  

Judith Ress, teóloga estadounidense que vive en América Latina desde 1970, ha incursionado en el mundo de la novelística, con la publicación de su obra: Flores de Sangre, de la Bandera al Salvador 1970 – 1979, publicada en inglés en el 2010 y traducida al castellano en el 2014. Esta obra salda una vieja deuda en la literatura del subcontinente: Recrea magníficamente y desde dentro, el universo de la praxis cristiana comprometida con la liberación de nuestros países. Siempre he sentido que el compromiso de los cristianos en la liberación de América Latina esperaba una buena recreación literaria.

Algunas obras se habían acercado a este eje semántico con mayor o menor decisión: La cruz invertida  de Marco Aguinis (1970), La insurrección de Antonio Skarmeta (1981)… y recientemente la novela de Gabriela Castellanos: Jalisco pierde en Cali. Ninguna como esta sin embargo, bucea en el corazón de estas realidades y nos las entrega con una inmensa carga de luz, de amor y de energía.

La novela, en cuya carátula encontramos la afirmación de que se trata de una novela histórica,  se acerca a la realidad salvadoreña de los años 1975 a 1979. Focaliza desde la intimidad de una de sus protagonistas, el grupo y el ambiente que acompañó en su trabajo al padre Rutilio Grande, mártir de las luchas populares y al equipo de religiosas que trabajó en esos años bajo la compañía paternal de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien en la historia es sólo una sombra lejana, no uno de los principales personajes.

La narración se focaliza en Meg, figura protagónica que lleva adelante la trama y se complementa con cartas de su autoría, enviadas por ella a diferentes relaciones cercanas. Tanto por la focalización narrativa como por las cartas y diálogos sostenidos entre las protagonistas, tenemos acceso al corazón mismo de los personajes, a sus sentimientos, evaluaciones sociales, disquisiciones, inquietudes, búsquedas espirituales y políticas. Nos hallamos ante un relato que se mueve ampliamente en los paisajes interiores de quienes pueblan sus páginas. Con ello nos hacemos partícipes de un mundo denso y consistente, muy alejado de panfletarismos de cualquier signo que en ocasiones afecta tanto este tipo de literatura.

El eje narrativo es la historia de algunas religiosas, principalmente dos: Hermanas de la Caridad,  una Congregación norteamericana; que optan por vivir en Latinoamérica, en  medio del pueblo pobre y sus angustias, carencias, luchas y persecuciones. Meg viene de Chile, de la lucha contra la dictadura y Theo vive hace años en El salvador. Este itinerario permite a la autora trazar hilos invisibles que atraviesan la historia, las resistencias y los padecimientos en varios ámbitos de la “patria grande”. Uno de los mayores aciertos de la obra, que le concede un valor sin igual, es que estas monjas están construidas con una hondura y profundidad humana inmensas. Nos encontramos ante dos mujeres potentes, de carne y hueso, radicalmente alejadas de los estereotipos con que suelen ser representadas “las monjas”.

La novela nos muestra a estas dos misioneras en toda su grandeza humana: Sus sentimientos religiosos, atravesados siempre por preguntas; su entrega a las causas populares; sus amores y amistades profundas, en ocasiones desgarradoras, en ocasiones plenificantes. Y se recrea su  mundo cotidiano, en medio de los campesinos salvadoreños, víctimas de los terratenientes, de los paramilitares y de un ejército nacional mercenario, corrupto y animalizado en sus prácticas de dominación y de guerra. Una de ellas sella con su propio martirio esta entrega.

La autora recrea un mundo en el que tienen lugar los encuentros más bellos y tiernos entre hombres y mujeres, entre mujeres, entre compañeros… y al mismo tiempo con un lenguaje contenido y preciso nos muestra las escenas más atroces: las matanzas y los asesinatos, la violación de las mujeres, la solidaridad indestructible.

Con esta novela construimos memoria, memoria colectiva, memoria imprescindible. En su resolución final la narración anuncia una evolución bastante corriente en el  mundo cristiano: la protagonista encuentra sanación y amplitud de su vida espiritual en la mirada hacia el oriente. Sus prácticas de yoga y su encuentro con la espiritualidad budista le permiten superar los traumas a los que fue sometida en las situaciones crueles por las que pasó y le permiten trascender el asesinato de su amiga para volver a entregarse a una vida en servicio. No obstante a Meg, la mata tempranamente el cáncer y eso nos arrebata su riqueza.

El periplo vital de estas religiosas marca una senda de luz, sin embargo la lectura de la novela nos deja abiertos muchos interrogantes, una seña de la buena literatura: No se resuelve todo, hay que recomenzar la lectura, degustarla, repensarla… releer comparativamente otros textos. Mi invitación es a disfrutar esta inmersión y mi soplo al oído de Judith Ress es que nos regale otros libros, otros caminos, otras experiencias.

Santiago de Cali, Marzo de 2019







TRES MALDITOS CENTÍMETROS:
CANTO A LA VIDA EN EL SIGLO XXI

Carmiña Navia Velasco
  
El poema de María Ángeles Sánchez: Tres malditos centímetros, se instala cómodamente en la tradición poética de los cantos extensos que recrean las hazañas de un héroe. En la tradición clásica los poemas largos exaltan poéticamente la épica y los hechos de algún conquistador, de algún aventurero nacional, desde los cantos homéricos hasta el Cid Campeador. Con Eliot y su Tierra baldía, la modernidad y el siglo XX han situado a estos héroes en los azares y anonimatos de lo cotidiano, rescatando así la grandeza escondida en los días grises.

En su libro, María Ángeles nos entrega alrededor de mil ochocientos veinticuatro versos, en los que recrea el día a día de heroicidades cotidianas en una lucha titánica contra la enfermedad. Indiscutiblemente el cáncer es hoy una de las travesías más difíciles que se abren ante los hombres y mujeres de este:
Las muertes ocasionadas por cáncer a nivel mundial siguen aumentando. Según los especialistas, dentro de aproximadamente dos décadas se reportarán entre seis y diez millones cada año, y en el 2030, ocurrirán alrededor de 11,4 millones de fallecimientos por su causa.
El nombre de esta enfermedad es un término genérico para un grupo de más de 200 enfermedades que pueden afectar cualquier parte del organismo. Es conocida también como neoplasia o tumor maligno.
[Marinela Martín González: El cáncer, la epidemia silenciosa del siglo XXI
Consultado el 9 de Octubre de 2018].

Esta travesía, desde distintos puntos de vista: la salud, el juego social, las crisis internas, la soledad y el acompañamiento, el miedo y la esperanza… es precisamente lo que potentemente la poeta transporta en palabras, a lo largo de estas impactantes y cálidas páginas.

Nos encontramos ante un poema en el que lo épico y lo lírico se entrecruzan insospechadamente logrando conseguir en los lectores y lectoras una gama abierta de emociones, reflexiones, sentimientos y preguntas. Como toda buena poesía, estos textos nos llevan a los límites de la vida y la muerte, de la soledad y el amor. Un texto en el que se nos narra el cotidiano de la protagonista; cotidiano salpicado aquí y allá por reflexiones, rememoraciones, preguntas… En perfecta correspondencia con la materia que acunan las palabras, no nos encontramos ante metros que dicen lo extraordinario y lo grandioso: endecasílabos, alejandrinos… El texto se estructura en versos cortos, en ocasiones una sola palabra sintetiza y remite a la siguiente; versos huérfanos que gritan la verdad desde su soledad y desamparo. Metáforas originales que transmiten la fuerza del acontecer diario, anodino, cotidiano… cargándolo de trascendencia y convocando la emoción.

En este cuaderno de poemas realizamos somos invitados a varios y diferentes recorridos, siempre revisitados.
En primer lugar por la enfermedad misma:
El espejo me devuelve mi imagen:
una cabeza rapada
unos ojos sin cejas
una expresión algo ausente


Ingerir
Digerir

En eso
tan prosaico y banal
tan necesario
se concentran mis horas.

Esa enfermedad que carcome:
Ni rastro
de energía.

Recorrido que no es sólo descriptivo o anecdótico, que por el contrario conlleva unas cuantas preguntas definitivas aunque no metafísicas:
Convertir la muerte en una obra de arte
o, al menos, intentarlo

Me reconforta comprobar
cuando ronda el fantasma
que la teoría largamente acariciada
tiene mucho que ver con la práctica.

Porque a todo lo largo del camino, el desarrollo del canto es una confrontación con el YO íntimo: Es a mí, exactamente a mí a quien le está pasando o: Mi páncreas y yo, nos hemos convertido en aliados.

Desde ese Yo, el universo convocado se ensancha y quiere traer a la página a esa “tribu oncológica” de la que la poeta se siente parte:
El universo oncológico
está lleno
de historias de éxito
de vidas ejemplares
de hombres y mujeres
que con su lucha
-porque de una lucha se trata-
han logrado desterrar el mal…

Hay una reivindicación de los derechos de esa tribu, una solidaridad cómplice que lleva a la voz lírica a rechazar las metáforas sociales que asocian el cáncer con el mal social o político (se queja de la identidad de la enfermedad con la corrupción: ¿Por qué no dejan  en paz el cáncer y a quienes lo padecemos?), esta actitud evoca los sentimientos transmitidos por Susan Sontang en su propia experiencia:
… lo que más me enfurecía era ver hasta qué punto la propia reputación de la enfermedad aumentaba el sufrimiento de quienes la padecían. Muchos de mis compañeros de enfermedad con quienes tuve ocasión de hablar durante mis primeras hospitalizaciones, y otros que conocí como paciente externa durante los dos años y medio siguientes de quimioterapia en varios hospitales de Estados Unidos y Francia, mostraban su disgusto por la enfermedad, sentían una suerte de vergüenza. Parecían estar dominados por ciertas fantasías sobre su enfermedad, que para mí nada tenían de seductoras… [Susan Sotang: La enfermedad y sus metáforas. Ed. Suma de letras 2003 – Pág. 135]

Para la protagonista de este relato -en los límites de lo lírico/épico- la interrelación con unos y con otras va aumentado su dimensión, llenando las páginas de nombres, de evocaciones, de amores y abandonos, de silencios:
Trenes
aviones
atascos matinales en la M-30

Abrazos cálidos
ojos llenos de lágrimas
en medio de un “te quiero”

Las tardes de quimioterapia convertidas por la amistad en un encuentro. Pero también: La soledad ¿cómo definirla? o: Hay silencios que resuenan como estruendos.

Y sobre todo:

Hay relaciones a prueba de bombas y tumores
otras de quiero y no puedo
otras, al fin, pura filfa
vanidad de vanidades

Algunas cuajan en la dificultad
mientras unas cuantas ponen
pies en polvorosa.

La enfermedad es el crisol del miedo.

Con estos versos se abre el canto, situándonos desde el mismo comienzo en la importancia que para la poeta han tenido a lo largo de su viaje las manos que acompañan o abandonan, los abrazos que se han dado o guardado, en últimas la compañía del amor:
          ¿Está acompañada?
Es la primera
y casi única
pregunta
ante la enfermedad

Con la fuerza poética que caracteriza este trabajo, se afirma y se convoca lo que en otros lenguajes plantea muy acertadamente Jean Shinoda Bolen:
Si la adversidad reviste la forma de una enfermedad mortal, y el riesgo es la muerte y/o la pérdida de sentido, una relación de tú a tú supone una tabla de salvación y una conexión espiritual. Esto ocurre así sobre todo cuando el reto es a largo plazo: pelear, mes tras mes, para seguir vivos o recuperar la salud. Para resistir, cualquiera que padezca una enfermedad duradera necesita el apoyo espiritual de los demás. [Jean Shinoda Bolen: El sentido de la enfermedad, Barcelona 2006, Pág. 129].


En el poema el acompañamiento tiene múltiples rostros: Amigas y amigos, familia… pero también se explicitan esas presencias espirituales que refuerzan el diario vivir:
          Velas, luces, plegarias, deseos, rezos, energías,
            buenas vibraciones…
                       
El magma vivificador y multiforme
(¿la comunión de los santos
del catecismo infantil?)
entra en vena
y va directamente
a su destino.


Y uno de los aspectos más importantes, a mi juicio: La autorreflexión sobre su propia escritura. La palabra que ausculta la palabra. A lo largo de todo el camino esta mirada vuelve:
          No he podido escribir
ni una línea
en cinco meses

Pero ahora
las palabras se agolpan
en la punta
afilada de mi lápiz

(Esa punta afilada que es precisamente la que logra penetrar estéticamente una realidad de dolor y cotidianeidad).

            ¿Renaceré
como tantas veces
desde la escritura?

Escribir es una forma
de sacarlo fuera
cierto
pero también una manera
de  meterlo cada vez más
hacia adentro.
         

Este canto (autentica espiritualidad de la resistencia) nos entrega en su conjunto una epopeya del siglo XXI, la protagonista a la manera de “un Ulises actual” se mueve a lo largo de unos meses en un profundo laberinto existencial en el que encuentra retos, tentaciones, compañeros de viaje, horizontes e Ítacas. Tres malditos centímetros*  es un regalo para todos aquellos y aquellas que -desde la salud o desde la enfermedad- quieran tomar su vida en serio y realizar su travesía en profundidad.


* María Ángeles Sánchez:
  Tres Malditos Centímetros
  Editorial Círculo Rojo, España 2018